¡Hola amigos del blog!
Estrenamos julio y lo hacemos con un pie en cada mundo: el de la Reina, que no ha bajado el ritmo, y el de las letras, porque hoy toca cerrar por fin las memorias de Don Juan Carlos, que llevan meses dándonos conversación. Antes de esa despedida literaria, Letizia nos ha dejado tres actos con mucha miga, uno con collar y todo, agárrense, y un Cajón que se atreve con el color como pocas veces.
Pónganse cómodos, que hoy hay tela que cortar.
ACTO 1: Fundación Princesa de Asturias
Sus Majestades los Reyes presidieron la reunión anual con los miembros de los Patronatos de la Fundación Princesa de Asturias, donde se presentará un informe de la labor desarrollada a lo largo del pasado año, que incluye información sobre la situación financiera y patrimonial de la Fundación.

Para la reunión anual con los patronatos de la Fundación Princesa de Asturias, Doña Letizia apostó por un traje de chaqueta cruzada y pantalón ancho en un tono piedra muy luminoso, sobre top a juego y (¡oh milagro!) una gruesa cadena dorada al cuello, de esas que por sí solas cambian la temperatura de un conjunto. Ojalá la pieza sea de las buenas: en la foto cumple, y hacía siglos que no la veíamos apostar por un collar con voluntad de verse. El peinado, impecable; y un calzado cómodo y elegante que resuelve la jornada sin ruido.
El pero está en la hechura y en el planchado. La chaqueta le queda holgada de más —hombro caído, cuerpo que sobra— y la tela trae marcadas todas las arrugas de la mañana, como si el traje hubiera viajado doblado y saltara del coche a la foto sin escala. Una se pregunta, con cariño, si en Zarzuela falla la plancha o falla la prisa. Sería un pequeño gran arreglo: la misma prenda, una talla menos y un repaso de vapor, y el conjunto pasaría de cómodo a impecable. La base estaba, y el acierto del collar también. le faltó el remate.
ACTO 2: Revista Ethic
Su Majestad la Reina presidió la conmemoración del 15º aniversario de la revista Ethic en un acto que se desarrolló bajo el título “el mundo de hoy”.

En el 15º aniversario de la revista Ethic, la Reina eligió un vestido midi sin mangas en un verde azulado precioso, ceñido por un cinturón ancho del mismo tejido. Por una vez el cinturón está bien pensado, amplio y a tono, cosido al espíritu del vestido en lugar de estrangularlo. El largo es el correcto, el rostro va estupendo de maquillaje, el pelo bien resuelto, y el bolso y los salones negros cumplen su papel sin estorbar.
Dos cosas, sin embargo, la apartan de la estampa regia. La primera, el sin mangas: el brazo trabajado, con la vena dibujada de quien no falta a su cita con las pesas, luce estupendo en una atleta, pero una reina de tarde pide un hombro algo más cubierto y un músculo bastante menos protagonista. La segunda, la ausencia lisa y llana de joyas. Ni un pendiente, ni una sortija con historia, ni nada que rescate el escote de su desnudez. Con el color y la línea tenía media batalla ganada; se quedó, una vez más, en señora y no en Reina.
ACTO 3: Premios ABC
Sus Majestades los Reyes presidieron la ceremonia de entrega de los Premios de Periodismo de ABC “Mariano de Cavia” a Karina Sainz Borgo, “Luca de Tena” a Victor-M. Amela, Ima Sanchís y Lluís Amiguet y “Mingote” a Gallego & Rey.

Para la entrega de los Premios de Periodismo de ABC, Doña Letizia reunió lo mejor y lo peor de su repertorio en una sola fotografía. Lo mejor, sin discusión, en las muñecas y las orejas: un brazalete ancho de brillantes verdaderamente exquisito y unos chatones a juego, justo la clase de joya con peso que llevamos meses reclamando desde este rincón. Cuando quiere, puede; y esta vez quiso.
Lástima que el resto pareciera empeñado en desmentirlo. Otra vez el negro; otra vez el sin mangas dejando el brazo escultórico al mando del plano; otra vez el alto de la falda subrayando lo afilado del tobillo; otra vez el cinturón finísimo apretado hasta lo innecesario sobre una cintura que nada tenía que demostrar; y, por si faltara, la falda con más pliegues de los que la ocasión perdona. Es como si hubiera convocado a conciencia todos sus tropiezos habituales para ver si el joyón aguantaba el envite. Aguantó, pero a duras penas: con un vestido planchado, con manga y sin cordón al talle, esas dos piezas magníficas habrían tenido por fin el marco que merecen.
Cajon de los rescates
Esta semana el Cajón llega con una propuesta cromática que pocas se atreven a hacer y que, bien ejecutada, produce exactamente el efecto que buscamos: que Letizia entre en la sala y la sala lo note.

La primera idea es ese pantalón palazzo en azul klein de tafetán brillante, con caída amplia y plisado en la cintura que añade movimiento sin restar elegancia, combinado con jersey marino en punto fino y el guiño más inesperado del conjunto: la americana amarilla limón llevada al brazo como quien puede permitirse no ponérsela. Los pendientes en amarillo tassel y el bolso de red a tono cierran una propuesta que vive de la valentía cromática. A Letizia le conviene por razones estructurales: el volumen del palazzo equilibra esa parte superior que el gimnasio ha afilado en exceso, y el jersey de manga media resuelve la eterna cuestión de los brazos sin cortapisas ni concesiones. La imaginamos en un acto cultural de tarde, una inauguración o una recepción en el extranjero donde el protocolo permita algo de vuelo. El joyero podría aportar aquí pendientes de zafiro o topacio azul que dialoguen con el pantalón desde otra dimensión. Para nosotras, el principio es trasladable sin el presupuesto real: un pantalón ancho en color protagonista con una pieza superior neutra y un solo accesorio en el tono del pantalón hace exactamente el mismo trabajo.

La segunda propuesta tiene algo que escasea: sabe cuándo parar. El vestido en crudo con rayas diagonales en amarillo vainilla, chaqueta a juego de manga tres cuartos y cinturón fino integrado compone una imagen que es, en esencia, la arquitectura de lo regio: la línea limpia, la paleta sin estridencias, la longitud en el lugar exacto donde el tobillo respira y la pierna gana. El bolso en mostaza aporta el único contraste de temperatura sin romper la armonía. Letizia tiene la verticalidad para llevar esta silueta sin que el largo la ancle, y la paleta crema-amarillo es de las que mejor responden a su tono de piel. La ocasión ideal sería una visita oficial de mañana, un museo, una fundación, una recepción en embajada, y el peinado, aquí sí, debería ser un recogido pulido: la chaqueta sin solapas pide cuello despejado y orejas visibles, para que el pendiente con peso que el conjunto reclama se pueda ver. Ya lo sabemos: un vestido de línea recta con chaqueta a juego y un bolso en el tono más cálido del conjunto es una fórmula que no defrauda.

La tercera propuesta es la más fresca del Cajón de hoy, y también la que mejor entiende que el verano no tiene por qué ser sinónimo de informalidad. La chaqueta de tweed verde en formato corto, con ribete a tono y botones forrados, sobre blusa floral en los mismos verdes y naranjas, y pantalón palazzo en blanco roto, compone una combinación que tiene exactamente lo que a Letizia suele faltarle: personalidad visual, sin que nada grite. El pantalón ancho en blanco ancla el conjunto y le devuelve sobriedad al estampado de la blusa; la chaqueta corta marca el talle sin necesidad de cinturón. Perfecta para una visita a un festival de verano, una entrega de premios en exterior o cualquier acto diurno donde el calor sea un factor y la imagen, también. El accesorio que elevaría el resultado: pendientes dorados con piedra verde tal vez ágata, jade, peridoto, lo que el joyero de Zarzuela decida sacar ese día, y un brazalete que se mueva cuando saluda. Para nosotros: chaqueta de punto o tweed corta sobre estampado floral y pantalón liso en el neutro del estampado. Ya está. No hace falta más.
Si Letizia se animara a jugar con el color con esta convicción; el azul y el amarillo de la primera propuesta, el crema y vainilla de la segunda, el verde y blanco de la tercera; su guardarropa de verano dejaría de parecerse al de quien planifica con eficiencia y empezaría a parecerse al de quien viste con alegría. Que no es poco.
Juan carlos se despide
«Mi vida cotidiana en la isla de Nurai» pinta los días de Abu Dabi: cuatro años de reclusión que él lleva impertérrito, amurallado en el silencio, con la queja discreta de que su mujer nunca ha ido a verle. La luz de esas jornadas se la da un nieto, el mayor de Elena, que aterrizó allí en plena tormenta adolescente de fiestas y malas compañías al que el abuelo enderezó a fuerza de desayunos, deporte y consejos prácticos, hasta verlo florecer. Lo cuenta con ternura verdadera, la más conmovedor del libro; y sin embargo tampoco aquí se resiste a anotar el saldo: con ello, dice, le ha quitado una preocupación a Felipe y a la Corona. Hasta el cariño rinde cuentas a la institución.
El «Corolario» es directamente un alegato. Por fin llega la buena noticia: la justicia británica archiva la demanda que lo acosaba, y él se declara exonerado, aligerado del lastre, en paz. Desde esa serenidad reparte agradecimientos al destino y hace balance de reinado: una España que sacó de la escasez a la abundancia, treinta y nueve años de servicio. Concede que no es un santo pero sin nombrar un solo pecado concreto, y confiesa el verdadero motivo del libro: no dejarle la última palabra al Gobierno en lo que llama su revisionismo. Se despide pidiendo volver a casa y ser enterrado en España con honores, y con un «¡Viva España, viva el Rey!» que no deja dudas sobre a qué rey se refiere.
Ahí está, confesada en una línea, la coartada de un libro entero: no eran memorias, era una réplica. Todo el tomo se ordena de pronto como lo que siempre fue, un escrito de defensa, rematado con una absolución judicial por si al lector le quedaban dudas. Lo admirable, a su manera, es la constancia: hasta el último renglón lo bueno lleva su firma: la Transición, los museos, el nieto rescatado; y lo malo trae siempre remitente ajeno, ahora un Gobierno empeñado en borrarlo. Admite que el poder no domó su carácter, y una espera por fin la grieta, el error con nombre y apellido; pero la frase se cierra sobre sí misma sin soltar prenda. Se marcha como entró: seguro de que basta con contar su versión para que le den la razón.
Y el libro se despide con una fotografía que lo resume todo: un hombre solo, de espaldas, sentado bajo un olivo centenario frente al mar, rodeado de flores, mirando quizá hacia esa España que jura llevar en las venas. Bello y elocuente. Hasta el árbol elegido, tan mediterráneo, parece añorar el sur. Es el último autorretrato de un narrador que ha necesitado un tomo entero para explicarse y que, al levantarse de ese banco, seguramente cree haberlo logrado. Con esto cerramos la lectura, amigos. Después de acompañarlo hasta la última página, la pregunta que les dejo no es si tiene razón, sino otra más sencilla: ¿le creen? Cuéntenmelo, que este club se ha ganado el debate.

Y hasta aquí la entrega de hoy, que se despide con un libro cerrado y un armario que, por fortuna, sigue abierto de par en par. Cuéntenme cuál de los tres actos les convence, qué propuesta del Cajón se atreverían a imaginar sobre la Reina y ya puestos, si Don Juan Carlos se marcha dejándoles con una sonrisa o con la ceja en alto. Este rincón vive de lo que ustedes escriben debajo, así que no se lo callen. Nos vemos muy pronto por aquí, que la agenda no descansa y una servidora, tampoco.
¡Saludos y hasta la próxima!
(*)Juan Carlos I.Reconciliación. Planeta, 2025