Letizia luce poco y Juan Carlos cuenta poco

¡Hola amigos del blog!

En estos días pasados, Letizia nos regaló al menos un look royal. No es para echar cohetes, o en su caso tal vez sí.

Vamos a ver cómo le fué en los distintos actos.

ACTO 1: Porque viven

Su Majestad la Reina recibió en audiencia a una representación de la Fundación Porque Viven, que le presentaron el Centro de Atención Paliativa Pediátrica Integral.​​​

Letizia repite la opción más simple, con una camisa remangada que da un aire demasiado relajado para la ocasión. Se ve muy cómoda, como para andar por casa o por la oficina, y los zapatos acompañan bien en esa línea práctica, incluso resultan agradables a la vista. Pero todo se siente más de paseo en la oficina que de agenda oficial.

Y claro, vuelve la gran ausencia: ni rastro de un detalle que marque diferencia. Sin ese pequeño guiño que eleve el resultado, cuesta ver a una reina en la escena. Está correcta, sin fallos graves, pero también sin chispa.

ACTO 2: Proclamación premio

Su Majestad la Reina ha presidido el acto de Proclamación del Premio Princesa de Girona “Arte 2026”, en la cuarta etapa del Tour del Talento, que ha convertido la ciudad de Granada en un punto de encuentro para el talento joven, con el arte y la cultura como ejes diferenciales de esta parada.​​

El fucsia le sentaba de maravilla y le daba luz al rostro; iba realmente favorecida. La cartera aportaba un toque fino y los zapatos acompañaban bien, así que los ingredientes estaban bien. Hubo un pequeño problema con el pantalón, que formaba unas arrugas extrañas que la hacían parecer llevar algo deportivo escondido debajo.

Bueno, y como siempre, a la reina no le basta con verse guapa, también hace falta parecer una reina. Sin una sola joya destacable, sin ese detalle especial que recuerde quién ocupa el puesto, y con un peinado demasiado largo y algo descuidado para la ocasión, todo quedó más otra vez en algo terrenal. Había material para un gran acierto, pero otra vez se quedó en “casi”.

Miren por ejemplo a la reina Sofía. Asistió a no-sé-qué acto también con un traje sastre de oficinista… ¡pero qué oficinista! Fíjense en las mangas, que tienen un toque brillante que no tienen lugar encima de ningún escritorio. Vean los fabulosos pendientes y el collar, y estoy segura de que algún anillo y pulsera llevará que no se ve en la foto. No será la más guapa ni la más joven del reino (como otra que yo me sé) pero sí es la única que de verdad parece una reina. Así da gusto hacerse fotos con un representante de la familia real.

ACTO 3: Mujeres Gitanas

Su Majestad la Reina mantiene un diálogo con mujeres gitanas en la Fundación Secretariado Gitano.​​

La chaqueta le sienta muy bien, esos bolsillos y detalles le dan gracia y estructura. Los zapatos también cumplen; de hecho, da la sensación de que ha encontrado otro modelo favorito que comprar por kilos.

Ahora bien, todo se queda en lo correcto cuando podría subir un escalón con muy poco. Falta ese toque que diga “aquí hay algo especial”, un accesorio que aporte presencia y haga justicia al papel que representa. Tal como va, está bien, pero un pequeño giro la llevaría de bien a memorable. ¿Qué añadirían ustedes para darle ese punto royal?.

ACTO 4: 50º aniversario del diario El País

​Sus Majestades los Reyes asistieron al acto de celebración del quincuagésimo aniversario del diario El País. ​​

La cita era de las grandes —medio siglo de un periódico que ha acompañado la historia reciente de España— y la Reina apostó por un vestido negro de escote bandeja, largo hasta el tobillo, que dejaba a la vista unos hombros claramente trabajados en el gimnasio. La silueta era limpia, sobria, sin artificios, muy en su línea de elegancia minimalista. Ahora bien, ese largo concreto, justo por encima del tobillo, no termina de favorecer la finura de sus piernas: un par de centímetros menos, o bien rozando el suelo, habría redondeado mucho mejor la proporción. Los salones negros en punta acompañaban con discreción, sin querer protagonismo.

La sorpresa agradable —y conviene subrayarlo— estaba en el cuello. Una gargantilla de brillantes preciosa, acompañada de unos pendientes a juego de aspecto valioso, le aportaron justo ese aire de pedigrí real que tantas veces se echa en falta en sus apariciones. Cuando Doña Letizia se digna a sacar las joyas buenas, la transformación es inmediata: pasa de mujer elegante a Reina con todas las letras, y la diferencia se nota en la foto. El maquillaje y la melena suelta, en plena forma, ayudaron a completar el conjunto.

Quedó, eso sí, la sensación de que faltaba un detalle más en las manos —una pulsera de cierto peso, un anillo destacado— para rematar el empaque que pedía la ocasión. Pero, en general, fue una salida correcta, elegante y con ese punto de brillo regio que tanto le sienta. Si la semana sigue por este camino joyero, no nos quejaremos.

ACTO 5: Visita al Centro de Atención Integral a personas mayores “Espacio Activo”

​Su Majestad la Reina visitó el Centro de Atención Integral a personas mayores “Espacio Activo”, con motivo del “Día Mundial de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja”.​​​

De la gala con brillos al día siguiente en horario de oficina hay un salto considerable, y la Reina lo dio sin un parpadeo. Para visitar el centro «Espacio Activo» de Cruz Roja eligió una americana rosa palo, blusa negra con lazada al cuello y pantalón pitillo también negro, rematado con unos zapatos bajitos para su comodidad ya que sufre de dolores en los pies. Es un uniforme que ya conocemos de memoria indistinguible del de cualquier directora de recursos humanos camino de una reunión de las nueve y media—. El rosa empolvado suaviza la severidad del negro, y el guiño entre el lazo de la blusa y el tiene gracia, pero ahí se queda la cosa.

Lo llamativo es lo que falta. Ni un pendiente que llame la atención, ni un broche, ni un anillo, ni ese toque que recuerde a quien tienen delante los mayores del centro: a la Reina de España, no a una visita cualquiera. El peinado, liso y sin matices, y un maquillaje correcto sin más, terminan de sellar la sensación de un atuendo despachado con eficacia, como quien tacha un compromiso de la agenda. Cruz Roja merecía algo más de empaque, aunque sólo fuera por respeto al uniforme rojo de los voluntarios, que en la foto brillaba mucho más que el de Doña Letizia. Vestirse de Reina debería ser su forma de cortesía.

Cajon de los rescates

Hoy nos manda nuestra asesora tres propuestas que tienen un hilo común: la elegancia del blanco roto y el deseo —compartido por muchas lectoras— de ver a la Reina envuelta de pies a cabeza en piezas que recuerden, con discreción pero sin timidez, que lo es. Hoy soñamos en alto.

La primera idea es ese vestido blanco de líneas arquitectónicas, con una pieza superior estructurada que cae sobre la falda lápiz como un pequeño peplo escultórico. Letizia tiene la altura, la espalda recta y la mesura para defenderlo sin que el volumen la abrume: es justo el tipo de silueta limpia y depurada en la que suele moverse con soltura, y el blanco roto es uno de sus tonos talismán. Lo imaginamos para una cena de gala en el extranjero o para una recepción de cuerpo diplomático, donde el vestido habla por sí solo y pide muy poco al cuello —pero mucho a las orejas y al peinado—. Aquí es donde proponemos el guiño que tantas veces echamos de menos: unos pendientes históricos del joyero de pasar, esos que descansan demasiado tiempo, y un recogido bajo que los deje brillar. Quienes no tengamos chaton ni esmeraldas de abuela podemos jugar con unos pendientes largos de bisutería buena y un vestido blanco entallado: el efecto, sorprendentemente, se acerca más de lo que parece.

La segunda propuesta nos lleva al traje de tweed en blanco y negro, con esa chaqueta de hombro marcado y una falda recta cinturada por una pieza dorada con perlas que es, sencillamente, una declaración de intenciones. Nada de cinturoncito tímido apretando, apretando como quien pide perdón: un cinturón que se ve, que pesa, que ordena el conjunto. Sería un acierto rotundo para una audiencia en Zarzuela, una entrega de despachos o un acto académico de mañana, donde el tweed dice «trabajo» pero el cinturón dice «Reina». Para coronar la idea, una gargantilla de cierta entidad —y ya que estamos pidiendo, ¿por qué no rescatar algún broche con historia para la solapa?— y unos pendientes en el mismo registro. Nosotras podemos trasladar el truco a nuestro propio armario: un traje sastre sencillo cambia por completo con un cinturón ancho, un buen collar y un broche heredado, aunque sea de la abuela y no de una bisabuela coronada.

Y cerramos con el conjunto de capa corta y vestido claro, una combinación que tiene algo de cuento de invierno y mucho de sentido común estilístico. La capa es una prenda que a Letizia le sienta de maravilla por su tipo de hombros y porque dibuja una silueta limpia sin recurrir a abrigos voluminosos. La pensamos para la Pascua Militar, una recepción navideña en el Palacio Real o un concierto de gala: una velada en la que el frío justifica la capa y el protocolo agradece la solemnidad. Sumemos un anillo con presencia, un brazalete que se vea cuando junte las manos —ese gesto tan suyo— y unos pendientes largos que dialoguen con la luz. Si además se animara con una pieza de las que llevan años sin ver la calle, tendríamos titular semanal asegurado. Para nosotras, la traducción es directa: una capa corta sobre un vestido midi del mismo tono, joyería elegida con criterio, y la sensación inmediata de habernos vestido para algo importante, aunque sea una cena entre amigas.

Juan carlos LIBRO

En «Apagar fuegos», Juan Carlos se presenta como el monarca políglota y conciliador que, ante crisis aparentemente intratables, hace de bombero diplomático: descongela las relaciones entre la España de Zapatero y un George W. Bush ofendido invitándose él mismo al rancho familiar de Texas; telefonea al rey Fahd para preparar al mundo árabe ante el reconocimiento de Israel en 1986; y en plena Conferencia de Madrid de 1991, le anuncia a Gorbachov a quemarropa que «le están segando la hierba bajo los pies», apenas dos meses antes de la disolución de la URSS.

El capítulo séptimo, «Promover una nueva España», desgrana las doscientas cuarenta y dos visitas oficiales que lo convirtieron, según se nos recuerda, en el monarca europeo más viajado después de Isabel II. De ahí salen escenas memorables: el brazo extendido como una pértiga, ensayado en el avión, para frustrar un abrazo del general Videla en Buenos Aires; la cena con Deng Xiaoping rematada con la petición de una pareja de pandas para el zoo de Madrid; o la callada competición de puntería con la escupidera que mantuvo con el ministro Marcelino Oreja durante las reuniones de Pekín.

«Espinas y rosas» recopila premios —Carlomagno, Simón Bolívar compartido con un Mandela aún encarcelado, doctorados honoris causa por Oxford, Nueva York y Harvard— y reivindica su papel ante la crisis de 2008 y, sobre todo, su temprana apuesta por la innovación tecnológica a través de la Fundación Cotec. El capítulo se remata con la confesión casi adolescente de haber sido, en 1990, el primero entre coronas europeas en enviar un correo electrónico personal: «Hola, Álvaro. Este es mi primer mensaje. Espero que te guste. Juanito».

Lo más llamativo de estos capítulos no son las anécdotas, sino la posición desde la que se cuentan. Aquí no hay un narrador que recuerde, sino un héroe que se rememora. Cada crisis se resuelve gracias a su intervención —»sin mi intervención, las tensiones seguramente se habrían agravado»—, cada empresa florece porque él presionó a una administración reacia, cada amistad regia es íntima y los aciertos llevan firma propia. Los errores, en cambio, los pone siempre el reparto secundario: Zapatero comete un error político por no levantarse ante la bandera estadounidense; Sofía es elogiada por «saber instintivamente cuál es su lugar», con la única pega de su impuntualidad legendaria; los gobernantes hispanoamericanos son toscos abrazadores que él, gracias a sus ensayos en el avión, supo mantener a raya con un brazo rígido. La escena del rancho de Texas, contada como proeza, es también una desautorización pública del jefe del Gobierno legítimo ante un mandatario extranjero, matiz que el autor sortea con la elegancia de quien describe un favor desinteresado.

Más revelador aún es lo que no aparece. Quien leyera estos capítulos sin más información concluiría que el oficio de rey consiste en viajar, aprender idiomas, traer pandas, enviar correos electrónicos pioneros y advertir a Gorbachov de su propia historia. La afirmación «nunca me beneficié» se desliza con naturalidad, sin nota a pie de página: sin comisiones que enumerar, sin Suiza, sin Corinna, sin que el cariño reciente de Arabia Saudí merezca más comentario que el recuerdo afectuoso del funeral del rey Faisal. Abu Dabi, donde reside hoy, comparece como una escala más de un hombre en perpetuo movimiento, como si la residencia actual fuera una elección estética y no una circunstancia. Cuando alguien se retrata como mártir cuyo único defecto fue confiar demasiado, lo elegante sería al menos enumerar en quién se confió y a qué precio. ¿Le conceden ustedes el beneficio de la duda al narrador, o sospechan, como una servidora, que aquí falta la otra mitad del relato?

Pues bien, amigos, dejamos aquí el mundo de fantasía de la realeza y volvemos a nuestra realidad. Nos veremos dentro de algunos días, cuando Letizia nos regale con más atuendos.

¡Saludos y hasta la próxima!

(*)Juan Carlos I.Reconciliación. Planeta, 2025

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