Letizia sencilla y pobre Juan Carlos, se aprovechan de su nobleza

¡Hola amigos del blog!

Esta semana solo tuvimos dos actos de Letizia, y yo, por cosas de la vida tuve un poquito más de tiempo, entonces decidí hacer la entrada en nuestro horario habitual de los domingos a media tarde.

¡Manos a la obra!

ACTO 1: Premios barco de vapor

Su Majestad la Reina presidió en la Real Casa de Correos de Madrid la entrega de la 48ª edición de los Premios SM de Literatura Infantil y Juvenil “El Barco de Vapor» y “Gran Angular», convocados por la Fundación SM.​​​

Para los Premios Barco de Vapor, Doña Letizia recuperó la falda de cuero negro que ya conocemos —vieja amiga del armario que vuelve cada cierto tiempo, sin que ninguna de nosotras consiga acomodarla del todo en la casilla de lo elegante—. La acompañó con una blusa color crema de estampado mínimo, sencillísima, y unos zapatos bajos en línea con sus conocidos problemas de pies. El cinturón, ancho y a juego con la falda, fue una grata novedad frente a los finísimos a los que tan aficionada se muestra.

Lo que se echa en falta está más arriba: una blusa tan plana pedía un broche con historia o unos pendientes con presencia, alguna pieza que recordara el rango de quien la lleva. Iba guapa y sonriente, sobre todo sentada en ese hueco abierto en mitad del pasillo, un improvisado solio que parecía más apaño escenográfico que sitio de honor. Un atuendo pulcro y planchado, perfecto sobre cualquier mujer pulcra de Madrid, pero que no termina de decirnos que quien preside la mesa es la Reina de España.

En su discurso, Letizia leyó un fragmento de la novela «La cuarta vida de Blanca Cuervo» Y yo por supuesto tuve que adquirirla inmediatamente porque sonaba interesante.

ACTO 2: Ministras y ministros

​Su Majestad la Reina presidió la inauguración de la XVII Conferencia Iberoamericana de Ministras y Ministros de Salud.

Para esta cita iberoamericana, Doña Letizia escogió un vestido fucsia de manga larga, escote redondo y falda midi con vuelo, de líneas limpias y silueta muy ajustada arriba. En plano general el color le sienta favorablemente y aporta la nota luminosa que el acto institucional pedía.

En plano corto, sin embargo, la historia cambia: el maquillaje aparecía brillante y descuidado, el pelo lacio y sin frescura, y la mirada delataba una noche corta o una agenda demasiado apretada. La cámara, implacable, no perdona estos descuidos en una conferencia ministerial.

El corte del vestido es donde reaparece esa costumbre suya de embutirse en las prendas como si una talla menos fuera la mejor carta de presentación —apretadita, apretadita, como dirían sus modistas con cariñoso fatalismo—. Y sí, lo defiende: el tipo es envidiable. Pero una reina ante ministras y ministros de medio continente debería conceder algo más de aire al tejido y algo menos de protagonismo a cada costura: la elegancia regia se construye sobre la sugerencia, no sobre el ajuste milimétrico. Para rematar, los salones en rosa empolvado no acaban de hablar el mismo idioma que el fucsia subido del vestido; el contraste, en lugar de armonizar, despista.

Y volvemos a la pregunta de cada semana, ya formulada con el cansancio amable de quien la repite por costumbre: ¿dónde están los complementos? Ni un broche del cofre real prendido en el pecho, ni una gargantilla que diera empaque al escote, ni un brazalete que añadiera juego a las manos, ni siquiera un pañuelo de seda con matiz. Tantísimas piezas esperando turno en los cajones de Zarzuela, y la Reina sale a representar a España como quien acude a una reunión de trabajo cualquiera. Tiene armario, tiene joyero, tiene cargo. Lo que falta, función tras función, es la voluntad de hacerlos visibles.

Cajon de los rescates

Esta semana nuestra asesora se enloqueció un poquito y nos mandó una propuesta juguetona que yo creo no le quedaría bien a Letizia en tanto reina, pero le quedaría divina, y a cualquiera de nosotras, en un acto privado. A ella donde nadie la vea, pues no puede dejar de ser reina, y a nosotras en alguna parte donde querramos impactar.

Hoy proponemos tres rescates unidos por un hilo común: el cinturón ancho. Esa pieza con presencia, que estructura una silueta entera y que tantas veces echamos en falta cuando vemos a la Reina ceñirse con cordoncillos casi invisibles.

La primera idea es ese vestido en marfil de cuerpo estructurado y manga francesa, ceñido por un cinturón ancho a tono y rematado con una falda que entiende de teatro: vuelo asimétrico y forro en amarillo mantequilla que asoma como un guiño cómplice cada vez que se camina. Doña Letizia tiene la cintura, la espalda recta y el gusto por las líneas depuradas para defender esta pieza con autoridad; si le gusta marcar el talle, aquí puede hacerlo sin dejarlo todo a la vista, porque el volumen de la falda hace el resto del trabajo. La imaginamos para una recepción palaciega, una cena oficial en el extranjero o una entrega de premios de gala, acompañada por unos pendientes largos de los que rara vez vemos y un brazalete con peso en la muñeca. Para nosotras, lo trasladable es el principio: una falda con vuelo bien cortada y un cinturón ancho de buena hechura levantan un vestido sencillo mucho más de lo que parece.

La segunda propuesta combina una chaqueta de tweed en rosa empolvado con una falda midi de gasa estampada en flores acuareladas, unidas —y este es el detalle clave— por un cinturón ancho dorado de pieza ornamental, casi pequeña obra de joyería. El contraste entre la firmeza del tweed arriba y el vuelo etéreo abajo es justo lo que conviene a una silueta como la suya: marca lo que hay que marcar y deja respirar al resto. Sería ideal para un acto cultural vespertino, la inauguración de una exposición o una entrega de premios literaria, donde la formalidad pide chaqueta pero el tono primaveral invita a soltar la melena en un moño bajo y a sacar pulseras y pendientes elegidos con criterio. Las lectoras podemos jugar la misma carta con un blazer básico, una falda fluida estampada y un cinturón con hebilla bonita: el efecto, sorprendentemente, se acerca mucho.

La tercera idea es la más atrevida, y por eso la reservamos para terreno más íntimo: capelina y blusa en verde manzana sobre pantalón ancho bi-color blanco y verde, separados por un cinturón ancho dorado que pone orden al juego cromático. Para una jornada protocolaria entendemos que se queda un peldaño por debajo de lo que la dignidad regia aconseja, pero la imaginamos perfecta en una velada privada, una comida con amigas o una escapada estival, donde puede aflojar la formalidad sin renunciar a la elegancia. La capa, por añadidura, le sienta de maravilla a quienes tienen los hombros bien dibujados, y resuelve el abrigo sin recurrir a volúmenes. Para nosotras, libres de protocolo, esta apuesta es directamente un regalo: dos colores limpios y un cinturón con personalidad.

Si Doña Letizia se decidiera por el cinturón ancho y, ya puestas, por una o dos piezas serias de las que duermen en Zarzuela, la transformación se notaría en la primera fotografía. Mientras tanto, nosotras vamos abriendo camino: el truco está al alcance de cualquier armario, sólo hace falta animarse a cerrar una hebilla con presencia.

El rey enamorado, todos se aprovechan de su nobleza

Juan Carlos abre la sexta parte con un capítulo dedicado a su vida privada, advirtiendo desde la primera línea que la aborda a regañadientes y solo para no dejarle «la última palabra» a esa «antigua relación» que en ningún momento llega a nombrar, pero que todos conocemos de sobra con su nombre colorido y apellidos filosóficos. El grueso del texto se reparte entre una declaración amorosa larga y rotunda hacia Doña Sofía —«mi reina», «no tiene igual en mi vida», veinte adjetivos elogiosos puestos en fila india— y la negación en bloque de aventuras que la prensa le atribuye: Lady Di en Palma, Sara Montiel, incluso hijos ilegítimos, todo despachado como pura invención. Entre medias se cuela la vida cotidiana en la Zarzuela: jornadas maratonianas, comidas familiares puntualísimas, sesiones de cine de James Bond con los hijos, veraneos en Marivent y esquíes pirenaicos.

Más jugosas resultan las escapadas privadas de fin de semana —los churros mojados en café con leche cerca de Toledo, el dueño republicano «y juancarlista» del restaurante camino de Badajoz— y, sobre todo, la confesión obligada del viaje a Botsuana de 2012. La cuenta con la elegancia de quien describe un percance ajeno: cinco días, una caída nocturna camino del baño de la tienda, tres fracturas, la repatriación de urgencia, la operación y la salida del hospital pidiendo perdón. La acompañante figura como «su exmujer, con la que yo había mantenido una relación», sin nombre ni más señas. Reconoce el desliz como «error del que me arrepiento amargamente» que erosionó su reinado y su vida familiar, y deja entender que fue el principio del camino que terminaría llevándole fuera de España.

Lo verdaderamente revelador del capítulo no son los hechos —que el lector trae aprendidos de los periódicos—, sino el ejercicio cuidadísimo de escoger qué se cuenta y qué se sortea. Doña Sofía recibe inventario completo de virtudes; la otra protagonista, ni un nombre propio merece. La caída se describe con detalle clínico —el desnivel, la lona, la cadera, el hospital con altas tasas de seropositivos—, pero el motivo del viaje se zanja en un párrafo apresurado, como quien aclara un papeleo enojoso. Y el viejo patrón se sostiene intacto: él, marido devoto y rey en jornada perpetua; los problemas, siempre traídos por terceros, por la prensa o por una mujer cuya identidad no merece tinta.

Queda, cerrado el capítulo, la sensación de haber asistido a una confesión meticulosamente coreografiada: emotiva en lo permitido, sobria en lo comprometedor, generosa en epítetos hacia quien conviene y muda en lo que de verdad duele al narrador. ¿Me pregunto si se sale del capítulo con la impresión de saber algo nuevo, o con la sospecha de haber leído un guion repasado muchas veces frente al espejo?

Bien, amigos, hasta aquí este episodio un poco más frívolo de la vida de Juan Carlos. Ya veremos qué más se le ocurre contarnos en los próximos episodios.

¡Saludos y hasta la próxima!

(*)Juan Carlos I.Reconciliación. Planeta, 2025

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