¡Hola amigos del blog!
Tres semanas de jornadas intensas en el trabajo me han tenido lejos de ustedes, y no se imaginan cuánto los he echado de menos. Por fin recupero el hueco para sentarme a escribir con calma, que ya iba tocando.
Letizia no ha desaprovechado mi ausencia. Ha salido varias veces y nos deja conversación de sobra para esta tanda. Hay de todo, desde una aparición en la que se presentó con un aire casi de día de playa en pleno acto solemne, hasta una jornada en la que coincidió con Charlene y, esa vez sí, quedó verdaderamente guapa. Pónganse cómodos, que hoy tenemos tela.
ACTO 1: Premios «Luis Carandell»
Su Majestad la Reina entrega los XV Premios “Luis Carandell” de Periodismo Parlamentario a Paloma Cervilla y Héctor Esteban García.
La Reina llegó de rojo integral, incluso el clutch, y con el salón parlamentario tapizado también en rojo, sin un solo accesorio que la separara del fondo, terminó mimetizándose con el decorado, desapareciendo como una invitada más. El vestido, de mangas en capa corta que vuelan al caminar, tiene movimiento, y los zapatos de tacón de bloque concilian la moda con sus conocidos problemas de pies. El maquillaje,le favorecía el rostro, pero el largo de la falda, cortado justo por encima del tobillo, subraya lo delgado de las pantorrillas, y el pelo cae liso y sin brillo, con ese aire cansado, desmayado, que se nota a la legua. Brazos al aire y ni un brazalete, ni una gargantilla, ni un broche: tiene el joyero lleno, y otra vez le faltó la decisión de abrirlo.
ACTO 2: Guardia Civil
Su Majestad la Reina visitó la Academia de Oficiales de la Guardia Civil (AOGC) en Aranjuez, con motivo del décimo aniversario de la inauguración de su sede actual, un centro de referencia en la formación de los futuros mandos de la Guardia Civil y en la transmisión de los valores esenciales que caracterizan a la Institución: vocación de servicio, profesionalidad, liderazgo y compromiso con la sociedad.
Para visitar la Academia de Oficiales de la Guardia Civil en Aranjuez, la Reina eligió un conjunto en blanco roto cuyo tejido, grueso y con cuerpo, le favorece la silueta y aguanta bien la luz dura del mediodía. La chaqueta corta tiene unos bolsillos de buena hechura que le dan gracia y estructura, el largo de la falda es el acertado, y los zapatos planos de punta concilian la comodidad que sus pies agradecen con la sobriedad que el acto pedía. La base, como tantas veces, está.
Lo que estropea el conjunto es ese cinturón finísimo y apretadísimo que tan poco le ayuda: en lugar de ordenar la cintura, la estrangula y abarata un look que pedía una pieza con más presencia. Y el pelo vuelve a fallar, cayendo lacio y sin frescura, con ese aspecto descuidado que ya empieza a ser costumbre.
Pero el verdadero hueco está, una vez más, en lo que no lleva. Ni un brazalete, ni una gargantilla, ni nada que recuerde a quien tiene delante una academia entera de futuros mandos: a la Reina de España, no a una visitante pulcra cualquiera. Vestida de blanco impecable y sin un solo destello, podría ser perfectamente la directora de un colegio elegante. Le sobra armario y le sobra joyero; lo que le falta, función tras función, es la voluntad de parecer lo que es.
ACTO 3: Bellas Artes
Sus Majestades los Reyes presiden el acto de entrega de las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes 2024, con las que el Ministerio de Cultura distingue a 38 personalidades e instituciones de la cultura. Entre los galardonados se encuentran Los Planetas, José Mercé y Camela; los actores Maribel Verdú, Carmen Machi y Eduard Fernández; artistas visuales como Sandra Gamarra y Cristina de Middel; literatos como Elvira Lindo y Bernardo Atxaga; o la diseñadora de moda Juana Martín. A título póstumo, se reconoce al director, dramaturgo y gestor cultural, Luis Guillermo Heras Toledo.
Y el rojo, otra vez. El mismo color con el que la vimos hace nada, ahora en un vestido cruzado de manga corta con nudo al talle, para la entrega de las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes. El corte tiene cierta gracia y el color le da luz, eso no se discute. Los zapatos nude de tacón bajo y punta fina son elegantísimos y, además, le alivian los pies: un acierto silencioso. El pelo, limpio esta vez, pero desmayado y sin cuerpo, como si se hubiera rendido a media mañana.
El problema es el de siempre, y se ve de un vistazo: cero joyas. Sentada junto al Rey, sin un solo destello en el cuello, en las orejas ni en las muñecas, no parece la Reina consorte sino una acompañante más del séquito. En un acto de esta categoría, donde se premia lo mejor de las artes españolas, lo esperable era que la figura regia destacara entre las primeras filas, no que se diluyera en ellas.
Y ahí está el resumen de la jornada: un vestido bonito, un color que le sienta y unos zapatos impecables, todo correcto, todo agradable, pero nada que la distinga. Tiene el armario y tiene el joyero. Lo que no aparece, función tras función, es la voluntad de usarlos.
ACTO 4: Feria del libro
Su Majestad la Reina inauguró la 85ª edición de la Feria del Libro de Madrid, que se celebra un año más en primavera en el Parque de El Retiro, del 29 de mayo al 14 de junio de 2026, con el hilo central del humor.
Para inaugurar la Feria del Libro de Madrid, Letizia apareció con un vestido midi de tirantes finos en estampado azul acuarela, ceñido con un cordón fino al talle y rematado con alpargatas de cuña. Iba guapa, el estampado es bonito, el color le sienta y la silueta vaporosa favorece. Pero ese es justo el problema, es un acierto de vacaciones, no de agenda institucional.
El conjunto pide arena y paseo marítimo, no la inauguración de una de las citas culturales más veteranas del país. Los tirantes al hombro dejan demasiada piel al aire para un acto de esta envergadura, y las alpargatas de cuña, comodísimas y muy de temporada, rebajan la formalidad hasta dejarla en lo puramente estival. El pelo, suelto y bonito, acompaña la informalidad general: tiene brillo, pero también ese aire de peinado sin esfuerzo, recién salido del agua.
Es un buen vestido para quien sea, en el día libre que sea. Lo que no termina de encajar es en quién lo lleva y dónde: la Reina de España inaugurando la 85ª Feria del Libro merecía un registro acorde a la solemnidad de la institución y al peso de su cargo, no una estampa de domingo de mercadillo costero. Guapa, sí. Apropiada, no.
ACTO 5: Fuerzas Armadas 2026
Sus Majestades los Reyes, junto a Su Alteza Real la Princesa de Asturias, presidieron el acto central del Día de las Fuerzas Armadas (DIFAS) celebrado en Vigo (Pontevedra), un desfile cuyo recorrido se celebró a lo largo de la avenida de Samil (1.165 metros).
Para una cita de gala militar, con el Rey de uniforme cargado de condecoraciones y la Princesa a su lado igual de pertrechada, la Reina eligió un vestido camisero largo en gasa azul de estampado floral, con manga larga abullonada, falda con vuelo y ajustado al talle. El azul es de tono muy cercano al que llevó en la Feria del Libro, y ahí asoma una de sus costumbres más visibles: Letizia no se complica, parece elegir la paleta por temporadas y repetir registro de un acto a otro sin reparar demasiado en la naturaleza de cada uno.
Y el problema es justo ese desajuste. El vestido es amplio, fresco, comodísimo: perfecto para sentarse en la arena o para un picnic en el campo, no para presidir una ceremonia castrense junto a quienes lucen el uniforme y las medallas con evidente sentido de lo que representan. El contraste es elocuente. Ni una joya, ni un gesto de solemnidad que recordara la envergadura del cargo: la cara lavada, el pelo suelto y sin arreglar, soso, y una sencillez que en este contexto se lee como desinterés.
La expresión remata el cuadro. En el plano corto se le ve la cara desmaquillada y un gesto de estar en otra parte, como si la cabeza se le hubiera ido lejos del acto. Vestida para la playa y con cara de querer estar en ella, dice más con esa estampa que con cualquier declaración. Cuando el resto de la familia transmite que el momento importa, ella transmite justo lo contrario.
ACTO 6: Exposiciones entre España y Mónaco
Sus Majestades los Reyes junto a los Príncipes de Mónaco visitaron las exposiciones “8º Foro de los Artistas de Mónaco” y “Mónaco y España: cinco siglos de historia compartida” que conmemoran el 150º aniversario de la apertura de la primera misión diplomática entre los dos países.
Por fin una jornada que merece el aprobado, y casi con nota. Para el Foro de los Artistas de Mónaco, la Reina apareció de blanco de la cabeza a los pies, y esta vez sí supo darle empaque. El vestido, en un tono marfil cremoso, combina un cuerpo de manga casquillo con cuello redondo y una falda larga de talle drapeado, cruzada en diagonal a la altura de la cadera, que aporta movimiento y un punto arquitectónico muy favorecedor. La caída fluida y el corte limpio le estilizan la figura sin recurrir a estridencias.
Y aquí está la diferencia que llevamos pidiendo acto tras acto: las joyas. Unos pendientes dorados de gran formato, con forma de pétalos o eslabones irregulares, y a juego un brazalete escultórico del mismo metal trepándole por la muñeca, rematan el conjunto con justo la dosis de brillo que un brazo desnudo reclama. Sean piezas de alta joyería o de buena bisutería de autor (que me ayuden los expertos porque yo no conozco las joyas reales), el efecto es el que importa: cantan «reina» y elevan el blanco de discreto a memorable. El clutch sobre dichos remata con acierto: un sobre rígido en tono champán satinado que dialoga con el dorado de las joyas sin competir con él.
El único pero, cómo no, vuelve a ser el pelo: suelto, liso y otra vez sin brillo, con ese aire mortecino que ya es la queja recurrente de esta agenda. Una melena con cuerpo y luz habría llevado este look del notable al sobresaliente. Pero por una vez la base está completa: vestido, accesorios y complementos en perfecta sintonía; y eso, en esta temporada, merece celebrarse. Aprobado, y con ganas de ver más días así.
ACTO 7+: Varias audiencias
Doña Letizia concedió varias audiencias con el mismo atuendo.
El rojo, de nuevo, esta vez para una jornada de audiencias en Zarzuela con FEDEPE, las «Mamis Digitales» y varias ejecutivas internacionales. Y hay que decir que el vestido es acertado: un midi en algodón rojo intenso, de cuerpo cruzado en pico que despeja el escote con elegancia, mangas anchas a media altura que vuelan un poco al gesto, y una falda con vuelo que cae con cuerpo y se mueve bien al sentarse. Los zapatos nude de tacón sensato alargan la pierna y descansan los pies. El maquillaje la favorece, y el pelo (¡oh milagro!) parece recién lavado: con algo más de luz y menos lacio, pero claramente mejor que en días anteriores. Se la ve guapa y descansada.
El moño del cinturón, «apretadito, apretadito» al talle, en lugar de marcar la cintura con gracia la estrangula y resta vuelo a la caída del vestido; aflojado un punto, el resultado respiraría mucho mejor porque la idea del moño es bien bonita y elegante.
Y luego, cómo no, la ausencia de siempre: ni una joya. Los brazos al aire, sin un brazalete ni nada que rompa la desnudez, le restan empaque y la igualan con cualquiera de las invitadas sentadas a su lado, cuando ella es la anfitriona del encuentro. El vestido era bonito y apropiado, la base estaba; faltó, una vez más, ese pequeño gesto que separa a la asistente de la Reina.
Cajon de los rescates
Esta semana nuestra asesora nos trae tres propuestas que comparten un mismo espíritu: el color como declaración de intenciones. No el color tímido del que pide perdón, sino el que entra en la sala antes que quien lo lleva.
La primera idea es una chaqueta bordada en un jardín de peonías y rosas sobre fondo dorado, acompañada de pantalón rosa intenso y blusa en ocre tostado. El conjunto irradia la seguridad de quien sabe exactamente el efecto que produce. A Letizia le conviene por razones muy concretas: el bordado floral añade volumen visual justo donde más falta le hace, en el torso y los hombros, suavizando esa silueta excesivamente atlética que tan pocas concesiones hace a la feminidad regia. El pantalón rosa, lejos de competir, ancla el estampado y le da unidad al conjunto. La imaginamos en una visita a un festival cultural, una inauguración de temporada en un teatro o cualquier acto diurno donde el protocolo tenga manga ancha y las cámaras sean muchas. La única condición, innegociable: pendientes con entidad: esmeraldas, coral, algo del joyero que lleve nombre propio; y el pelo recogido, porque una chaqueta así pide cuello despejado. Nosotras podemos trasladar el principio sin el presupuesto real: una chaqueta con bordado o estampado protagonista sobre un pantalón monocromo en el mismo tono del color predominante del estampado hace exactamente el mismo trabajo.
La segunda propuesta es un traje de tweed en verde sauce, de línea limpia y estructurada, con chaqueta sin solapas y pantalón palazzo de caída generosa, unido por un cinturón apretadita, como le gusta a Letizia, pero con presencia y de la misma tela. El verde en esta gama es uno de los colores que mejor le sientan a la reina: le da luz sin robarle protagonismo al rostro y acentúa el hermoso color de sus ojos. En tweed adquiere esa solidez que los tejidos ligeros nunca terminan de darle a su silueta tan fina. El palazzo, además, es la mejor noticia posible para sus pies: el zapato plano o de tacón discreto queda perfectamente integrado bajo esa caída amplia, sin que la proporción sufra. Lo vemos en una audiencia formal en Zarzuela, una jornada parlamentaria o un acto institucional de mañana donde la sobriedad sea la nota dominante. El joyero tiene una respuesta perfecta para este verde: el collar de turquesas que lleva demasiados años guardado merece exactamente este tipo de conjunto contenido que lo dejaría brillar sin competencia. Para nosotras, un traje en tono tierra o verde en tejido consistente, aunque sea de confección, con un cinturón que se vea, unos pendientes de piedra natural y un buen bolso estructurado produce el mismo efecto de autoridad tranquila.
El tercer rescate es el más cinematográfico: ese traje en blanco roto de inspiración masculina, con chaqueta de botonadura dorada, pantalón recto y cinturón trenzado en beige y crudo que cruza la cintura con la despreocupación de quien no necesita esforzarse. El detalle del tweed bicolor en el hombr, mezcla de blanco y neutros cálidos, añade textura sin complicar la lectura del conjunto, y la blusa blanca debajo hace de lienzo limpio. Letizia tiene los hombros y la verticalidad para llevar este tipo de traje con autoridad natural, sin que el corte masculino la minimice. La ocasión ideal sería una entrega de premios de mañana, una visita oficial a una institución académica o cualquier acto donde haga falta presencia sin aparato. Aquí el joyero debería responder con un broche ¡sí, un broche! Esa pieza que parece haber caído en desuso pero que sobre una solapa blanca es puro impacto— y unos pendientes largos que alarguen el cuello. Nosotras podemos hacer exactamente lo mismo: un traje claro, un cinturón con textura, un broche heredado en la solapa, y lo que empezó siendo un conjunto de trabajo termina siendo el mejor look de la semana.
Si Doña Letizia se animara a abrazar el color con esta convicción —y de paso abriera el cajón de las joyas con algo más de generosidad—, más de una foto semanal acabaría en los álbumes de referencia en lugar de en el archivo de lo correcto. Y nosotras, con mucho menos presupuesto y bastante más libertad de movimiento, tenemos todas las herramientas para adelantarle la jugada.
Juan Carlos, la eterna víctima de las circunstancias
Vamos llegando al final del libro, y Juan Carlos dedica este tramo a contar cómo dejó el trono. Su cuerpo, asegura, firmó la sentencia antes que él: caderas operadas una vez tras otra, apnea, un corazón que le empañaba la vista y la imposibilidad de pasar revista a las tropas sin bastón, indignidad que un capitán general no se concede. Maduró la decisión a solas durante meses, la preparó en el mayor de los secretos con cuatro hombres de confianza a los que bautizó como sus mosqueteros y encargó a un jurista la ley orgánica que la Constitución, despistada, había olvidado prever. No faltó la pizca de comedia: el discurso grabado en tres tomas, el técnico que bromeaba con adelantar el mensaje de Navidad, las lágrimas tragadas al firmar y la salida de balcón despachando a la vieja guardia para abrir paso a la nueva.
La otra mitad del fragmento la llenan el caso Nóos y los años de después, y el elenco de culpables está nítidamente trazado: un socio calculador que tendió la red, un yerno tan confiado que rubricaba sin leer cuanto le acercaban, un juez con hambre de titulares empeñado en sentar a la Corona en el banquillo y una prensa que mordió sin tregua. En medio, Cristina, inocente y serena, pagando lo que otros debían, hasta quedarse sin sitio el día de la abdicación. Como contrapeso luminoso, el desenlace marinero: el título de emérito que detesta, el agravio de no ser invitado al aniversario de las primeras elecciones, las fundaciones que le retiran, y frente a todo ello la regata de Vancouver, donde derrota al patrón que lo había recibido con una sonrisa de superioridad. Destronado en tierra, campeón en el agua.
Reaparece aquí, intacto, el Juan Carlos que mejor conocemos: el hombre demasiado noble para este mundo, rodeado siempre de seres oscuros que se aprovechan de su buena fe. Los suyos nunca obran mal; a lo sumo pecan de fiarse, de firmar, de querer demasiado. El daño llega de fuera, y siempre con oficio y apellido. Lo entretenido es ver cómo dos ideas que no caben juntas conviven sin rozarse: la justicia es igual para todos, proclama, y a renglón seguido sospecha que su yerno pagó más caro precisamente por serlo. Hasta el gesto de apartarse del trono, que pudo ser pura grandeza, acaba convertido en una factura de gratitudes impagadas: me retiré por España, y mírenme ahora, arrinconado y sin que nadie me consulte.
Y con esto cerramos casi del todo el libro. Me queda una pregunta que vengo arrastrando capítulo a capítulo: ¿recuerdan ustedes un solo error que este narrador se atribuya sin cargárselo a un tercero? Si dan con él en todo lo que llevamos leído, avisen, que una servidora sigue sin encontrarlo.
Y con esto bajamos el telón por hoy, amigos. Nos quedamos con las ganas de ver abrirse, alguna vez, esos cajones de Zarzuela que tan bien guardan el secreto. Ustedes ya saben dónde encontrarnos: los comentarios están abiertos y sus ideas para rescatar a la Reina siempre suman.
¡Saludos y hasta la próxima!
(*)Juan Carlos I.Reconciliación. Planeta, 2025













